Homilía en la Eucaristía por las personas sin hogar: «Comulgar con Cristo impide desentenderse del hermano herido»
El Evangelio nos conduce al centro de la existencia creyente: amar a Dios con todo lo que somos y al prójimo como a nosotros mismos.
El maestro de la ley se acerca a Jesús y le pregunta para ponerlo a prueba: «¿Cuál es el más grande de los mandamientos de la ley?». La pregunta es legítima. El piadoso israelita parece que experimentaba desagrado ante la casuística rabínica que, comentando la ley, había elaborado 613 preceptos o prohibiciones; en realidad, esto era para desorientarse.
Y la pregunta es válida también para nosotros: hay cosas más importantes y otras menos importantes. Hay una jerarquía de la fe. Hay verdades que son centrales, y otras que son complementarias, que se apoyan en ellas. Jesús responde diciendo que hay un mandamiento que es el corazón de la religión, que da valor y sentido a todo el resto. No podemos olvidarlo.
Jesús responde con el Shemá, que Israel recita cada día: «Escucha, Israel (Dt 6,4-5): el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Y a este mandamiento añade Lv 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Lo decisivo es la unidad entre el amor a Dios y el amor al prójimo. Amar al Señor «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente» compromete a la persona entera.
Y el segundo mandamiento es semejante al primero: no es un apéndice, sino su manifestación visible. El prójimo es un rostro humano que reclama reconocimiento. Amar al prójimo «como a ti mismo» supone confesar que su existencia posee ante Dios la misma dignidad que la propia.
La piedad de los cristianos que ignora el rostro del prójimo se vuelve mentira; una solidaridad que olvida que su fuente está en Dios corre el riesgo de agotarse o de servirse a sí misma.
El orante puede amar porque ha experimentado a Dios como roca, escudo y refugio. El amor no es exigencia; el amor es respuesta agradecida. «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza». El servicio al hermano necesita arraigar en nosotros, en la certeza de ser sostenidos y salvados por el Señor. Jesús nos recuerda que lo más importante en la vida es acogerse a Dios.
Charles de Foucauld, un joven francés desilusionado por sus muchos años de vida frívola y vacía, rezaba así al comienzo de su búsqueda de Dios: «Señor, si existes, haz que yo te conozca». Y Dios puntualmente se hizo conocer, y la alegría del joven fue tal que exclamó: «Apenas creí que Dios existe, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir solo para Él; mi vocación religiosa nació en el mismo momento que mi fe. ¡Dios es tan grande! ¡Hay tanta diferencia entre lo que es Dios y todo lo que no es Dios!».
El que escucha y ama a Jesucristo coloca juntos los dos mandamientos; Jesús los cumplió en su propia carne. Amó al Padre con obediencia filial y se hizo prójimo de la humanidad herida hasta entregar la vida. En la cruz, la dirección vertical y la horizontal del amor forman un único don.
Dios merece ser amado porque nos ama infinita, gratuita y fielmente, sin interés alguno y antes de cada una de nuestras respuestas.
El amor a Dios y el amor al prójimo no son dos amores: de hecho, cuando el corazón de una persona está herido por haber descubierto el amor de Dios, inmediatamente se llena de amor y siente la necesidad de transmitirlo y difundirlo, de regalarlo a todos.
La Eucaristía nos introduce en ese movimiento: recibimos el Cuerpo entregado y la Sangre derramada para que el Espíritu haga de nosotros un pueblo capaz de darse. Comulgar con Cristo impide desentenderse del cuerpo herido del hermano.
Hoy, Cáritas Española nos invita a hacer una profunda reflexión sobre un problema social que está entre las primeras preocupaciones para los cristianos, y para los cristianos españoles: las personas sin hogar.
Nos dice que un hogar «es mucho más que un sitio donde vivir, es un lugar al que pertenecer». Un hogar es un lugar de escucha y afecto, de segundas oportunidades, donde el odio y los prejuicios se quedan fuera.
Por eso hoy la Iglesia nos hace una invitación: PARA, ACÉRCATE, ACTÚA.
La Iglesia trae ante nuestra conciencia cristiana un asunto que ha emergido en la vida social y política, con más o menos honestidad, pero ante el que los cristianos no podemos callar. Hoy se nos invita a poner nuestra mirada, cargada de amor a Dios y al prójimo, en las personas sin hogar.
La persona necesita un lugar donde sentirse acogida, reconocida y parte de algo común. Son muchas las personas con historias de dolor que invisibilizan todo lo que son y pueden llegar a ser. Porque un hogar no es solo un techo: es dignidad, identidad, estabilidad y oportunidad. Solo una comunidad que acoge, protege y cuida es una sociedad verdaderamente humana.
¿Nuestro compromiso con los demás conserva espacio para la escucha, la adoración, la gratuidad? Jesús no permite escoger entre culto y caridad; nos devuelve a la «y» que nos une. Cuando el amor recibido se hace protección del débil, reconciliación con quien cuesta y servicio sin cálculo, la ley alcanza su plenitud y el Dios vivo se hace creíble. Amén.



